Oscar Hernández Monsalve

  Seudónimo: “Don Fulano”

 
 


 

Medellín, 1925.

Ha incursionado por cuantos campos tiene la literatura, y lo ha hecho con abundancia. Antes que nada es poeta, excelente, con más de diez libros de poemas, publicados los unos y no los otros porque a él -de verdad-verdad- le importa más escribirlos que ponerlos a circular.
Pero además tiene cuando menos dos novelas (muy buena la que conocemos Al Final de la Calle, que se llevó un segundo premio en uno de los Concursos de la Esso, y dos libros de cuentos, y dos dramas, no sabemos si ya representados o no, y además otros libros que son una mezcolanza, como El Día Domingo, además de escritos de toda otra índole que andan desperdigados por periódicos y revistas.
Mientras los Leños Arden, su primer libro de cuentos, untado todo él de juventud, no es lo mejor de lo suyo. Lo mejor está en lo que no se ha recogido ni librificado, pero que es prácticamente inconseguible si no es con la ayuda de su autor, y éste, con una cortesía de muy buenas maneras la escatima porque no parece interesarle en lo más mínimo antología ninguna: para él es lo mismo que aparezca este cuento, o aquél, o ninguno.
De entre los temas mezclados que hay en El Día Domingo hemos tomado su cuento No está sobre su Silla, y de su columna en el periódico El Colombiano de hace ya como veinte años un relato corto y estupendo titulado Archivo. En ambos es muy perceptible un estilo vertiginoso como el relámpago, que Hernández hizo propio. Si mientras que en Los Leños Arden hubo todo lo que hace al cuento, es decir una anécdota central, un tono, un entorno, unos personajes o uno, ahora, conscientemente o no, se ha alquitarado y su visión atiende de ordinario a uno solo de los aspectos: desenrosca a ese sólamente, es cierto, pero lo hace magistralmente. Y es así como logra unos relatos perfectos y cortos, aun contra las mismas legislaciones del cuento, violándolas o dándolas de menos. No está sobre su silla calla admirablemente lo que del cuento impacta: es decir que las cosas permanecen en alguna especie de eternidad terca, pero que el dueño de ellas es transitorio y desaparece.
Pero es que también se fabrica unas mezclas admirables: Archivo es todo cuento pero es todo poesía. Decimos que es un cuento corto porque no se basa en el subterfugio en el cual se basa la mayoría de ellos, es decir el mecanismo mismo del chiste que tira al lector o al escucha por un camino errado, burlándose de él cuando se desvela la senda verdadera. No: acá hay sintetizado hasta e poema un carácter completo.
Debíó nacer de un tirón, al decir de Manuel Mejía Vallejo: porque Oscar no es de los escritores que pulen y repulen. Lo suyo es la fotografía instantánea, no el caballete y pinceles. Pese a ello es certero y eficaz. Últimamente su columna en el periódico ha llegado hasta un humor ácido, quemante a ratos. No es casual. La sensibilidad del poeta encontró hace días que tratar algunos temas lo "dejaba por días con el alma enferma y doliéndole más de la cuenta".
Úno le cree, porque al leerlo en esos temas, úno se enferma de lo mismo, no menos gravemente ni por menos días.

 

 
Obras
 

 
Archivo  
 
Esto es tuyo y es mío  
 
Maturín  
 
No esta sobre su silla  
 
Mientras los leños arden  
 
Al final de la calle  
 
El día domingo